Raquel Verduzco Espinosa
El sonido de un recuerdo que arrastra los pies
Tecomán, a finales de los años sesenta, era un escenario donde el tiempo parecía derretirse bajo un sol hirviendo que obligaba a las sombras a buscar refugio. El aire, denso y dulce, olía a mangos partidos sobre las banquetas, una fragancia que se mezclaba con el vaho del empedrado caliente. En medio de ese sopor provinciano, un sonido rítmico y pesado anunciaba que la quietud estaba por romperse: el arrastre persistente de unas botas viejas, demasiado grandes y vencidas, que rascaban el suelo para no desprenderse de los pies que las habitaban. Ese eco era la advertencia de una presencia que oscilaba entre el mito y la tragedia. Lo llamaban “Jocoquilla mata perros”. Para nosotros, los niños de entonces, su figura era el epicentro de un miedo casi eléctrico; nos escondíamos tras las ventanas para ver pasar a aquel hombre que parecía cargar sobre su costal de manta no solo piedras, sino el peso de medio pueblo. Pero detrás de la leyenda del villano de barrio, palpitaba la historia de un hombre a la intemperie, cuya verdadera identidad aguardaba ser rescatada del polvo.

El nombre como puente hacia la humanidad
Existe una frontera invisible, pero feroz, entre el apodo que deshumaniza y el nombre que restaura. “Jocoquilla” era un mote lanzado como piedra, una consigna de guerra que los muchachos gritaban desde la seguridad de la distancia para encender la chispa de su furia defensiva. Sin embargo, cuando el trato se despojaba de la burla y se le llamaba José, el mundo parecía bajar su volumen. Llamarlo por su nombre real era un acto de reconocimiento que desarmaba al personaje para dejar ver al hombre. Recuerda mi hermano Roberto que, en una ocasión, un muchacho le gritó el ofensivo apodo con toda la fuerza de sus pulmones y emprendió la huida. Tras rodear la manzana, justo al doblar la esquina de la tienda de las hermanas Virgen, el joven se topó de frente con su destino. Ahí estaba él: el sombrero bajado cubriendo parte de su rostro, el costal al hombro y la mirada fija. El muchacho, pálido como sábana recién tendida, solo alcanzó a tartamudear: “Josecito… Josecito…”, pidiendo una tregua que solo el nombre propio puede otorgar. En ese instante, la fiera desapareció para dar paso a una vulnerabilidad compartida.
El costal de piedras no era un arma, sino un escudo
La memoria colectiva suele ser injusta con los marginados, convirtiendo su instinto de supervivencia en una amenaza. Se decía que José Quiroz cargaba piedras para agredir, pero la realidad es que su costal era un caparazón. José no era un hombre violento por naturaleza, sino un ser expuesto a la crueldad de un entorno que no sabía qué hacer con su diferencia. Su agresividad era la respuesta de quien se sabe vulnerable y utiliza lo único que tiene a mano para marcar una frontera necesaria entre su dignidad y el desprecio ajeno. “Porque la historia de un lugar no solo la escriben los presidentes ni los héroes de bronce. También la escriben los hombres que… cargan un costal lleno de piedras para defenderse del mundo.”

La “vida raspada” de un hombre de fe política
Gracias a la meticulosa labor del cronista José Salazar Cárdenas, hoy podemos asomarnos a las cicatrices de José Quiroz, un hombre que, según sus investigaciones en los “Relatos del Macuáz”, ya traía la “vida raspada” cuando la marea de la suerte lo arrojó a Tecomán.
Llegó a estas costas siendo un joven de apenas 25 años, con la vitalidad aún en los bolsillos, pero el destino marcado. Su rostro delgado era un mapa de batallas perdidas contra la enfermedad; las viruelas no solo le marcaron la piel, sino que le arrebataron un ojo, dejándole una mirada incompleta pero profunda. De su garganta brotaba, de tanto en tanto, un grito que rompía la lógica del presente: “¡Viva mi general Lázaro Cárdenas!”. Este grito no era un simple anacronismo. En un hombre olvidado por el sistema, la figura de Cárdenas representaba la última bandera de esperanza, un mandato de justicia social al que José seguía apostando sus restos, como si el general aún recorriera los caminos y él fuera su último soldado en pie.
La leyenda nace del desconocimiento social
Con la lucidez que otorga la nostalgia analítica, comprendemos que el miedo hacia José no nacía de sus actos, sino de nuestro propio desconocimiento. Tecomán era un pueblo de puertas abiertas, pero a menudo ciego ante quienes caminaban con un ritmo distinto. José Quiroz, junto a figuras como “El Loco Paredes” o Luterio, son quienes convierten a las ciudades en “libros sin portada”: relatos esenciales que todos citan, pero que casi nadie se detiene a leer con empatía. La leyenda de José se cimentó sobre elementos que hoy forman parte del patrimonio sentimental de nuestras calles. Ese arrastre inconfundible de calzado flojo que anunciaba su llegada antes que su sombra. La proclama cardenista que devolvía al pueblo una dignidad política ya marchita. El peregrinaje constante que nacía en la calle Independencia y desembocaba en la Basilio Vadillo, trazando una geografía del abandono.
El cronista como guardián de las sombras
Toda ciudad necesita un guardián que evite que sus hijos más humildes se desdibujen con el viento. El doctor José Salazar Cárdenas cumplió esa misión con una generosidad encomiable. Su paciencia para escuchar el murmullo de las esquinas y su talento para plasmar esas voces en papel permitieron que la historia de Tecomán no fuera solo un registro de fechas oficiales, sino un organismo vivo donde personajes como José Quiroz tienen un lugar de honor. Hay hombres que caminan las calles, y hay otros, como Salazar Cárdenas, que se encargan de que las calles no olviden a quienes las caminaron. A ellos debemos la posibilidad de mirar hacia atrás y encontrar, entre el polvo del ayer, la humanidad intacta de nuestros “personajes” locales.

Conclusión: Un grito suspendido en el aire
José Quiroz, el hombre del costal y el grito cardenista, es un hilo fundamental en el tejido de la memoria tecomense. Su vida, marcada por la viruela y el aislamiento, es un recordatorio de que la identidad es, en última instancia, lo que otros están dispuestos a reconocer en nosotros. Mientras la memoria colectiva no marque “almacenamiento lleno”, José seguirá doblando la esquina de la Independencia, recordándonos que cada habitante de la calle posee una épica privada que merece ser contada. Hoy, cuando el Tecomán de los mangos y el empedrado parece una postal lejana, nos queda la tarea de mirar con ojos nuevos a los que hoy caminan a nuestro lado. ¿Cuántas historias estamos dejando de escuchar simplemente porque no sabemos cómo llamar a quienes caminan a nuestro lado?