Dos párrafos
Mirtea Elizabeth Acuña Cepeda
Iniciemos, señalando que cementerio y panteón, se utilizan como sinónimos, mas no lo son; de acuerdo a las etimologías, cementerio del latín tardío coemeterium, del griego koimeterion y significa “dormitorio de los muertos”; Panteón alude a un monumento destinado a recordar una persona o grupo de personas y también al conjunto de las divinidades en una religión, panteón griego, romano, mexica o maya por ejemplo; viene del griego pan, todo y theos, dioses. En un cementerio encontramos panteones, es decir estructuras parecidas a monumentos o capillas y dentro de estos se encuentra nichos donde se depositan los fallecidos y si bien, estos cumplen un objetivo común en el mundo entero, de expresar respeto o veneración, los ritos tienen profundas variantes, de acuerdo con la cultura de cada país o región; por ende, se comprende que el tema de los cementerios se ajusta a las creencias religiosas, los principios y los valores de cada civilización. Ahora bien, en cuanto al cementerio del Recuerdo en Tecomán, tendríamos que aceptar el dicho tecomense, de que ¡nadie es de Tecomán! Una afirmación que se escucha contundente que tiene mucho de cierto y desde luego, muchas personas se pueden preciar de haber nacido en Tecomán, pero si hacen memoria, podrán constatar que sus ancestros arribaron de otras regiones, incluso del extranjero; sin embargo, ¡compartimos el orgullo iguanero y limonero!
La población de origen estaba constituida por los habitantes de la República de Indios, que luego de la Independencia, se constituirá en Comunidad indígena y que en el año de 1885 se extingue, un hecho que marca el inicio del cambio demográfico. A mediados del siglo XX parece estabilizarse la población; lo cual permite fijar un periodo entre los años de 1885 y 1960, durante el cual se va forjando el Sujeto histórico: Tecomán, y que en el caso del Cementerio del Recuerdo, las tumbas nos remiten al año de 1905, la fecha más antigua, lo cual demarca 20 años desde la extinción de la comunidad indígena; valdría recordar que una costumbre indígena era de sepultar sus muertos cerca de sus viviendas. Al revisar los censos, se observa un aumento en 1950, y una explicación sería una corriente migratoria, sobre todo la algodonera, que se extendería hasta los años sesenta. Entre las tumbas en la mayoría semejantes, son de mencionar dos japonesas, en las que se lee el apellido Amaguchi, mismo de un señor que conocí, él tenía conocimientos de medicina, conoció a Laureano Cervantes, gobernador de Colima y se vino con el de Manzanillo. Las cifras de aumento demográfico concuerdan con el aumento de entierros en el cementerio del Recuerdo, donde el registro (Ayto. de Tecomán) suma 1062 tumbas; lamentablemente, la mayoría los datos son ilegibles o no existen, por lo que es un 40% aproximadamente, en las que se establece el nombre del fallecido, así como una fecha que no siempre tiene el año. La tumba más antigua data de 1905 y la de fecha más cercana en el tiempo, es del año 2000, significa que durante el siglo XX se registraron los entierros de difuntos en el Cementerio del Recuerdo; muchas han sido abandonadas, pero es por esto que en ese cementerio forman parte del Recuerdo; respecto a las tumbas sin datos ni fecha, muchas de ellas han sido abandonadas, por lo cual, se podría decir que sólo forman parte del Recuerdo del Sujeto histórico: Tecomán. Un amigo sacerdote sugirió retomar la añeja costumbre de la Cruz del Perdón, que se costumbraba erigir en los cementerios y al pie de ella se trasladan los restos humanos de todas esas tumbas sin identificación ni antecedentes, que podrán haber sido olvidados por los hombres, pero jamás de la misericordia divina.
