Raquel Verduzco Espinosa
Cuando un gobierno comienza a contar anticipadamente sus propios méritos, a repartir certificados de grandeza y a insinuar que ya ocupa un lugar privilegiado en la memoria colectiva, conviene recordar algo elemental: un legado no se proclama, se construye.
Los gobiernos terminan, los discursos pierden vigencia, las fotografías oficiales envejecen y los reconocimientos cambian de manos. Lo que permanece es aquello que transforma: las instituciones, los derechos, las oportunidades y las decisiones capaces de sobrevivir a quien estuvo sentado en el poder.
Por eso, cuando hablamos de Griselda Álvarez Ponce de León, hay que hacerlo con perspectiva.
En 1979 no llegó simplemente a ocupar una oficina. Llegó a romper una barrera. Fue la primera mujer en gobernar un estado de la República Mexicana, en una época en la que el poder político seguía siendo, en buena medida, territorio masculino.
Pero reducirla a “la primera mujer gobernadora” sería quedarse con el titular y perder lo esencial. Griselda Álvarez llegó y gobernó.
Puso la educación en el centro de su proyecto con una frase que sintetizaba una visión: “Educar para progresar”. Impulsó políticas sociales y colocó en la agenda pública problemas que durante años habían permanecido ocultos, particularmente los relacionados con mujeres y menores en situación de abandono o maltrato.
También promovió reformas legales en materia de violencia sexual, en un momento en que hablar de estos asuntos públicamente todavía incomodaba a buena parte de la sociedad.
Eso es gobernar cuando los temas todavía no son cómodos. Y ahí aparece una diferencia fundamental entre hacer obra política y construir una narrativa sobre la propia obra.
La primera se sostiene por sí misma. La segunda necesita recordatorios permanentes. Griselda Álvarez no necesitó decir que estaba haciendo historia. La estaba haciendo.
Por supuesto, su administración puede y debe ser revisada críticamente. Ningún personaje público merece quedar fuera del escrutinio. Pero tampoco resulta serio juzgar a un gobierno sin considerar las circunstancias de su época ni el punto de partida desde el cual tuvo que gobernar.
Hay algo más que conviene decir: el tamaño de una obra no se mide por el tamaño de la propaganda que la acompaña. Se mide por cuánto permanece cuando la propaganda desaparece.
Por eso resulta prematuro escuchar desde el presente quién merece ya determinado lugar entre las grandes gobernantes de Colima. Esa distinción no se otorga mediante discursos, encuestas, homenajes o aplausómetros.
El tiempo se encarga de comparar. Y también de separar lo sustantivo de lo accesorio.
Si algún día se pregunta quién ha sido la mejor gobernadora en la historia de Colima, Griselda Álvarez tendrá una ventaja que ninguna estrategia de comunicación puede fabricar: perspectiva.
Han pasado décadas y su nombre sigue ligado a la educación, a la apertura de espacios para las mujeres, a las políticas sociales y, sobre todo, a la ruptura de un techo político que parecía imposible de atravesar.
Ser pionera no consiste solamente en llegar primero. Consiste en hacer posible que otras puedan llegar después. Quizá por eso Griselda Álvarez no necesita competir con las gobernadoras de hoy. Son las gobernadoras actuales quienes, con el tiempo, tendrán que medirse con ella.
Hay, además, una razón personal para escribir estas líneas. Tuve la fortuna de cubrir la fuente de su gestión en mi primer trabajo como reportera, cuando trabajé en el diario El Mundo desde Colima. Aquella etapa fue una experiencia inolvidable y una de esas oportunidades que terminan marcando para siempre el oficio periodístico.
Desde mi trinchera fui testigo de una parte de aquel momento. Años después, con la distancia que permite el tiempo, puedo dimensionar mejor lo que significó haber estado ahí. Quizá por eso me resisto a los veredictos anticipados.
Los periodistas cubrimos gobiernos. El tiempo se encarga de cubrirlos de perspectiva.
Y cuando los reflectores se apagan, los boletines dejan de circular y los discursos ya no alcanzan para sostener un nombre, queda una pregunta sencilla:
¿Qué hiciste que valiera la pena recordar?
A Griselda Álvarez, esa pregunta ya no le asusta.
A las demás, todavía les toca responderla.